Su nombre era Julio Cáceres. Estaba por completar el mes de hospitalización a causa de un cáncer ramificado hasta la médula, y era amigo mío. La madrugada que me comunicaron su deceso, segundos antes de que sonara el teléfono, me había despertado de una pesadilla de esas que tienen la facultad de mostrarnos cuan aterradoras pueden llegar a ser ciertas cosas. Al levantar el auricular y oír la voz rarificada de ella, su esposa, me dije que no podía ser casual el hecho de despertar con aquella exactitud. El chillido del aparato me resultó gratificante en medio de la oscuridad, en medio de la sensación que me angustiaba. Al otro lado de la línea, antes de oír cualquier ilación de palabras, el balbuceo de Tamara, envuelto por el eco de un altavoz, me hizo advertir lo que sucedía, que la llamada provenía de la clínica donde se hospitalizaba Julio.
- Estoy sola como una perra, Julio murió, la doctora me dio un calmante, y no puedo llorar.
Hacía ya varios días que esperaba la noticia, y sabía que mi reacción debía ser lo mas serena posible, apelando quizá al estado de ánimo que me tocara al momento de tomar conocimiento. Así que opté por una cierta honestidad y le dije a Tamara, o mejor dicho le sugerí, lo curioso del hecho, considerando que acababa de despertar de una pesadilla. No se me ocurrió nada distinto.
Tras hablar los minutos permitidos por el teléfono de la clínica, acordamos reunirnos.
Pensé en tomar una ducha, pero a esas horas me resultó inconcebible. Tuve la idea de hacer algo en honor a mi amigo, sin embargo no hubo algo que estuviera a la altura. ¿poner un cassette?, ¿leer uno de sus poemas favoritos? Sería mejor dejarlo para otro momento.
Afuera el aire de la noche anunciaba un día caluroso. Los pájaros comenzaban el gorjeo que Julio detestaba. De pronto recordé una madrugada similar de hacía diez años, en la cual estando Julio, yo y Tamara regresando de una fiesta, nos enteramos por casualidad de la muerte de Don Julio, su padre. Tamara había sentido de pronto unas incontenibles ganas de orinar, y dado que la casa paterna de Julio no nos desviaba tanto de nuestro destino, torcí el volante. Al llegar nos abre su madre, con el desconsuelo colgándole por los ojos.
- Tu papá murió, se fue – son las palabras que recuerdo.
Quién diría que diez años después, en una casi idéntica madrugada de Octubre, el hijo encontraría también la muerte.
Lo cierto es que conduje por las calles desiertas hasta la clínica, con la radio a todo volumen y las ventanas abiertas, fumando. Julio hubiera hecho algo parecido si se tratara de mi muerte.
Lo que sin duda él jamás hubiese esperado, es a Tamara sentada junto a las pesadas puertas de la morgue, mirando al techo, y cargando (enchufado a la pared) el teléfono celular que hasta hacía poco usaba para comunicarse con el resto del mundo. Ni yo me lo esperaba. El asombro, la extrañeza que se apoderó de mi fue aún mayor que la propia muerte de mi amigo. Tamara, según la vi, estaba completamente extraviada, como una loca en el pasillo de un manicomio.
- ¿por qué lo estás cargando? – le pregunté, antes de cualquier saludo, intuyendo que algo no encajaba.
- porque voy a ponerlo en su ataúd. – dijo, todavía con la vista en algún punto del cielo raso.
Puede parecer extraño de mi parte, pero lo que se me vino a la cabeza al oír lo que decía, fue nuestra relación. Temí que también muriera. Creo que en ese momento comencé de veras a asimilar la muerte de Julio.
Me senté a su lado y le pregunté si ya había dado aviso a la familia, pero no respondió. A cambio se arrimó a mi hombro y suspiró hondamente. Pude sentir un aliento a medicina, quizá debido al calmante suministrado por la doctora. Sentí una delicada ternura, cosa extraña pues la relación nuestra se había basado siempre en algo distinto, es decir, puede resultar más o menos previsible el advenimiento de algo así, pero lo que sentí me tomó por sorpresa, fue algo de una naturaleza que no formaba parte de mi repertorio emocional, no al menos en lo referente a Tamara. Lo que quedaba por hacer era esperar a que llegaran los de la funeraria con los preparativos de rigor. Y, por supuesto, dar aviso a la madre y los hermanos de Julio. Mientras, el silencio se me hacía incómodo. Tamara respiraba junto a mí, y la luz artificial del subterráneo venía a redondear la atmósfera. Iban y venían los funcionarios del establecimiento. Otro cadáver fue ingresado, seguido de una comitiva de hijos y esposa que no terminaban de convencerse de que aquello era su padre. Fue ese el momento en que Tamara pudo llorar, cuando la camilla era separada de los deudos. A través de una pequeña ventana frente a nosotros, de esas que solo permiten mirar a nivel del pavimento, vi que comenzaba a hacerse de día. Pensé en la difícil jornada que nos esperaba, y también me dije que este era el primer día en que Julio ya no estaría más. Ella pareció leerme el pensamiento:
- Ayer, a esta hora, todavía estaba vivo. Con la enfermera le cambiábamos las sondas.- dijo, terminando de sollozar.
Otra vez sentí esa especie de ternura, se me cruzó la idea de efectivamente intentar una relación sostenida con ella. Julio era cadáver a escasos metros de nosotros, jamás se había enterado de los furtivos encuentros y hoy, sin que siquiera haya pasado una hora de su deceso, Tamara y yo estábamos abrazados, contraviniendo lo que cualquiera que nos conocía sería capaz de imaginar. Porque siempre habíamos sido astutos a la hora de relacionarnos frente a los demás. Nadie podía imaginar que yo sería la primera persona a la que llamaría, ni que podría yo estarla sosteniendo junto a las puertas de la morgue.
- Voy a estar contigo – atiné a decir – No me importa lo que piensen, créeme.
Tamara se salió levemente de donde la tenía para mirarme a la cara. Tras lo que interpreté como un gesto de extrañeza, me dio las gracias. Solo eso. Continuó el silencio. Continuó ella recostada sobre mi hombro. Afuera se advertía un cielo esperanzadoramente azul, completamente distinto de lo que parecía ocurrir en aquel subterráneo. La amenaza consistía, por sobre la posibilidad de que alguien nos viera, en que todo se quedara detenido en ese momento. Algo difícil de explicar, pero de pronto me dije que de cualquier forma en que se desarrollara nuestra relación de ahora en adelante, quedaría el sello, la atmósfera de morgue rondándonos. Quedaría Julio con su muerte a cuestas. Era algo que comenzaba a importarme.
- Hay que avisar a su madre – dije, cortando el silencio.
- No, porque ya lo hice.
- Y por qué no me lo dijiste
- Te lo dije...por teléfono.
Yo estaba seguro de que no lo había hecho, sin embargo no insistí. Me quedé esperando. No sé bien qué, pero ahí permanecí, casi queriendo que se presentara la familia de Julio y vieran la escena, a Tamara y a mí juntos. Nunca había sentido arrebatos de esa clase. Jamás me hice siquiera el planteamiento de que lo nuestro podía ir más allá de unas cuantas horas gozosas al mes, y ahora comenzaba a desatarse en mí una especie de proyección, una especie de instinto protector con una mujer que, objetivamente, era capaz de hacer retroceder al más osado de los amantes. La nueva disposición que nos esperaba parecía anunciarse por si sola, de un modo casi independiente a ella y a mi. No sabría decir como operaba esto en lo que respecta Tamara, pero sucedía.
- Ya – dijo, recobrando algo de normalidad en las palabras – mi suegra está por llegar.
Acto seguido se zafó de mi abrazo y extrajo uno de esos espejos que traen incorporado polvos para la cara. Esta vez, con el espejo frente a ella, concentrada en su imagen, la vi en su totalidad. La vi desde la perspectiva en que siempre quise verla, y desde la cual nunca supe que quería. Algo así como observarla sin que ella lo supiera, en el íntimo pero cotidiano quehacer. Lo claro, al menos en cuanto a la sensación, fue que ella me ignoró, ignoró todo a su alrededor mientras duró el instante en que deslizaba el lápiz labial, sobrepasando nerviosamente la comisura de los labios. El temblor de sus dedos no era un temblor producto de la situación, sino algo que venía desde lejos, de lo lejos que se fue ella en ese instante. Probablemente esta observación, por sí sola, no tenga gran relevancia. De hecho para mi mismo no la tuvo en su completa dimensión, no hasta que con el paso de los días, detalles como este, o el del teléfono celular de Julio en el ataúd, resultaron ser algunos de los primeros indicios de que un trastorno se desarrollaba dentro de su cabeza. Al verla con aquel espejo, ahora que lo pienso, era la imagen de una niña la que estaba junto a mí, una niña que juega con lo que pudo encontrar en la cartera de la madre.
Por el pasillo, desde una especie de oficina pequeña, llegaba hasta nosotros el sonido de una radio. Eran las noticias matinales que daban cuenta del acontecer actual. La voz que relataba era una voz que no supe reconocer, pero que tenía la jovialidad exacta para esa hora del día. No pude evitar sentir una especie de escalofrío al hacer patente que todo proseguía su curso natural, y que desde luego nadie, en ningún medio, referiría la muerte de Julio.
Guardó con rapidez el espejo. Lo puso en su cartera con una destreza que me sorprendió. Fue un movimiento fugaz, como si se tratara de algún artículo que robaba desde el estante de una tienda. Nos quedamos, o mejor dicho continuamos con el silencio. Un silencio que adquiría la consistencia de lo insípido, que cada vez significaba menos dada la circunstancia. No fue mucho mas tarde que me pidió que me fuera.
- Te voy a pedir que por favor te vayas. No quisiera que nos vean juntos hoy.
Al oírla me quedé mudo. La que había hablado no era ella, ni era ese el modo habitual que usaba para decir nada. Parecía que no era yo al que le hablaba, hasta la voz le sonó distinta. Que se comportara así no se debía al calmante que la doctora le había dado, estaba claro. Me dije que a veces sucede, que temporalmente, en algunas personas, sobrevienen estados particulares de la percepción cuyo propósito es proteger la integridad emocional. Lo pensé, pero no llegué a convencerme del todo. No me quedó más que ponerme de pie y aceptar que tendría que dejarla ahí, peligrosamente sola, junto al teléfono conectado al enchufe. Ya desde ahí tomaba forma la idea de que ella no era totalmente conciente de la realidad. De algún modo tuve la sensación de que debía quedarme cerca, por cualquier cosa. Pero no, decidí que no me quedaría en un rincón, observando a escondidas el espectáculo.
Antes de dar la media vuelta y caminar por el pasillo, le pedí que me avisara la hora del sepelio, a lo que asintió con una leve inclinación de la frente. No hubo un gesto, no hubo algo que evidenciara lo que sucedía. Si hubiésemos estado en un Mc Donalds, por ponerlo así, la despedida habría parecido lo suficientemente trivial.
Una vez que estuve en el hall de entrada de la clínica, no quise ir hasta el estacionamiento y meterme al auto, sino que me pareció mejor caminar. A esa hora el tráfico con toda seguridad sería un caos. Ya en el exterior, parado entre el gentío que se desplazaba, registrando en los oídos todos los insanos decídeles de una avenida saturada, me dije que al fin y al cabo este tipo de cosas suceden con mayor frecuencia de la que a veces se está dispuesto a reconocer. Julio estaba irremediablemente muerto, y Tamara se estaba yendo con él. Me dije que ahora si que me había quedado solo.