martes, 28 de diciembre de 2010

RESACA

Despertó sobresaltado, con los ojos enrojecidos. Estaba boca arriba en uno de los sofás del living. Lo que había a su alrededor eran ceniceros repletos, botellas vacías, platos con restos de comida. Intentó ver el momento en que había caído ahí y no en su cama, pero lo que vino a su cabeza fueron episodios incompletos, atravesados por la euforia. No pudo, tampoco, recordar el momento en que se habían ido todos. Eran las tres de la tarde, según el reloj de la pared. Ahora el entorno parecía consumido, estático. Quiso ponerse de pie. Al hacerlo, se le fue el alma al suelo. Lo que consiguió con claridad fue acusar el golpe de un flujo de acidez, que le llegó al esófago como un agua de mar. La necesidad de líquido, de agua dulce, se antepuso. En el trayecto hasta la cocina pateó sin querer un vaso; no le importo que el ron quedara absorbiéndose en la alfombra. Ya frente al refrigerador, succionó a prisa el chorro de una botella de agua mineral. Con la boca limpia de grumos, con la vista empañada por las burbujas de gas, eructó casi satisfecho. La sensación de inestabilidad, de vidrio molido corriéndole por las venas, estaba lejos de desaparecer, y el corazón le latía a mayor velocidad que lo normal. Sin embargo, le esperaba una tarde similar a cualquiera anterior. Por la quietud que lo rodeaba, le parecía evidente que se encontraba solo. Salía de la cocina cuando oyó la voz.
- Estuvo buena la fiesta...
              Por reflejo dio un paso atrás. Un impulso de adrenalina le brotó hacia arriba por la boca del estómago, y con la mirada buscó algún objeto contundente que pudiera servirle de defensa. Era la voz de alguien mayor, lo suficiente para descartar de plano la posibilidad de que se tratara de alguno de sus ex compañeros de universidad, o de alguien, en último caso, que hubiera estado en la bacanal en que terminó todo. El que hablaba estaba sentado en uno de los sillones junto a la ventana, por lo que los rasgos de la cara, del cuerpo, resultaban imprecisos vistos a contraluz.
- No te asustes – volvió a hablar – vengo a ofrecerte algo…más bien es algo que quiero que hagas por mi.
                La voz se dirigió a él con un indefinible matiz, de alguien habituado a circunstancias de esa índole.
                Se quedó ahí, en la puerta de la cocina, intentando encajar la extrañeza de de verse frente a alguien desconocido en su propio departamento.
- ¿Quién es usted, cómo entró? – fue lo que atinó a decir.
                El de la voz, ahora podía verlo con un poco más de claridad, era un tipo de unos sesenta años, delgado, vestido con unos jeans y una camisa de color oscuro. Su cara tenía la expresión vivaz de unos ojos pequeños, probablemente pardos o azules. La postura en la que estaba era la de alguien que domina la situación, con una pierna recogida, pisando el cojín del sillón, y con la otra pierna estirada, lo que lo hacía verse casi recostado. Entre sus manos sostenía algo, una especie de tela con la que podría decirse que se entretenía mientras esperaba el instante de hacerse notar. Era claro que llevaba en el departamento una cantidad de tiempo suficiente para haber hurgado en cada posible lugar, si lo quiso.
- Mi nombre es Ernesto Sánchez Meza, ¿te dice algo?... Entré por la puerta, que estaba abierta.
                Lo miró con detención, para cerciorarse de que era quien decía ser. Lo reconoció, era la misma cara de rasgos incisivos que había visto publicada en revistas del tema inmobiliario o de ingeniería. La tensión disminuyó, tuvo tiempo, segundos quizá, para darse cuenta de que no había en él impulso alguno de poner las cosas en su lugar, de enfrentarlo por haberse atrevido a entrar a su propiedad. Expectante, guardó silencio, lo cual que fue interpretado desde el sillón como la oportunidad para ir directo al grano.
                Al final, tras no más de quince minutos, el encuentro terminó con un apretón de manos y con la imagen de Ernesto Sánchez Meza de pie en la puerta de salida, a punto de abandonar el departamento, arrojándole a la cara, a modo de repentina broma, la tela que hacía poco sostenía, la que resultó ser un calzón diminuto, con círculos rosados, que de seguro había encontrado encima de algún sillón.
- Toma esto, creo que es tuyo – le dijo burlón antes de desaparecer por el corredor hasta los ascensores.
                Se quedó sosteniéndolo en sus manos. Era incapaz de determinar a quién podía pertenecer.
                La estela que dejó quedó entre las paredes, como la sensación de que había tenido en frente a alguien completamente distinto al común de personas que trataba a diario. Si el hecho de no hallarse solo era impensable, más lo era que quien acababa de irse era el empresario de la construcción. Sabía quien era. Debido a su profesión, el nombre le era habitual ya desde los años de la universidad, en los que más de una vez había asistido a algún seminario dictado por gente ligada a él. En sucesivas oportunidades currículums suyos habían sido enviados a empresas que el hombre manejaba, sin obtener respuesta.
                Una vez que cerró la puerta, y que supo que ahora de verdad estaba solo, la consecuencia de la noche recobró intensidad, provocándole una especie de dificultad para mover las articulaciones, para mantenerse de pie. Se dejó caer otra vez en el sofá que había dormido. Y se quedó un instante mirando el techo. Por la ventana el día era de calor, había piscinas y playas atestadas, gente de vacaciones, gente después del almuerzo charlando bajo algún parrón con los pies descalzos, en tanto que él... Si el empresario lo era en tal magnitud, pensó, sin duda se debía a que las cosas las hacía de ese modo. Se dijo que alguien de ese calibre (es la palabra que usó) podía tener el arrojo suficiente para ir donde un perfecto desconocido y pedirle, sin más, revisar en terreno ciertos planos, ciertos estados de material referidos a construcciones que por lo antiguas debieran necesitar una demolición, o en el mejor de los casos, una reparación estructural. Por hacer lo que se le proponía recibiría una cantidad de dinero considerable. A simple vista parecía tratarse de algo no tan complejo, aunque lo importante no era lo que debía hacer, sino cómo debía hacerlo. Las mediciones y correcciones efectuadas en el lugar (no le fue revelado cuál) debían llevarse a cabo con estricta reserva. El empresario le había dado tiempo, hasta primera hora de Lunes, para responder.
                Tendido, intentando hallar el motivo por el cual Sánchez Meza podría necesitar algo así, pensó que debió preguntarle, al menos, el conducto por el que información suya, su dirección, estaba en sus manos. Se dijo que si no lo hizo fue por hallarse en estado deplorable, que seguro había llegado a su puerta ayudado de uno de los currículums, o porque su nombre figuraba en el colegio de ingenieros, lugar en el cual alguien como él tendría la facultad de acceder a la información que quisiera.
                Casi dormía. El sueño lo envolvía con placidez, con lenta contundencia,cuando el chillido electrónico del teléfono le llegó como un espiral. Ante la urgencia del aparto, lo invadió una vaga sensación de irrealidad, tuvo que deslizarse apresurado, temiendo que quien efectuaba la llamada desistiera del intento, temiendo que por alguna razón se tratara de Sánchez Meza otra vez.
 - Aló – dijo, y lamentó que su voz sonara atropellada, impregnada de somnolencia, un poco enronquecida.
 - Me imagino que recién vienes despertando, bailador.
                Al otro lado se oyó la voz de una mujer. Por la palabra ¨bailador¨ supo que se trataba de alguien que había estado la noche anterior. Recordó que si, que lo habían llamado así en reiterados momentos.
-Vengo despertando - respondió.
- Qué te parece almorzar juntos, te paso a buscar.
             Intentó darle un rostro a la voz que oía, pero de todos los que pudo recordar no hubo ninguno posible. Lo precario de la oportunidad no le dio tiempo para determinar quién le hacía tal invitación. No recordó haber intimado lo suficiente con nadie que no conociera de antes. Le resultó evidente que no era la voz de alguna ex compañera de universidad.
- Lo que pasa es que tengo un desorden gigante, y no me gustaría salir y llegar después a la misma basura.
- Eso no es problema. Si quieres voy, te ayudo con lo que haya que hacer y vemos si salimos, el día está radiante…además, tienes algo que es mío...
- ¿Algo tuyo?
- Olvídalo, termina de despertar…necesito que me respondas.
                La voz le hizo pensar en una mujer atractiva. No tanto por la tersura, ni por el timbre, anhelante, sino porque era claro que se trataba de alguien capaz de ir en busca de lo que le daba la gana. Los calzones que Sánchez Meza le había arrojado, por lo visto, pertenecían a ella. No recordó que durante la noche las cosas llegaran al desnudo colectivo, ni que él se acostara con nadie. Si eso que reclamaba como suyo eran los calzones, lo eran a propósito, deliberadamente, como morder una fruta solo porque se ve deliciosa.
                Tras los minutos exactos, acordó que la vería, que la esperaba en el departamento dentro de dos horas. No quiso preguntarle el nombre, ni averiguar nada que evidenciara la laguna. Tenía tiempo suficiente para ir al supermercado por agua mineral, por antiácidos. Al devolver el aparato a su sitio miró alrededor, se dijo que ordenar todo le tomaría como mínimo una hora. Miró por la ventana, afuera el día se había transformado en la atmósfera de una fugaz tormenta de verano. Desde la altura del piso diez pudo ver que las copas de los árboles se mecían con un viento que era un viento tibio, cargado de la electricidad que daría paso a los rayos, a los truenos. El repentino oscurecimiento le hizo pensar en que el cielo estaba a punto de estallar.
               En el baño se miró al espejo, se quitó la polera que tenía puesta desde la noche, y metió la cabeza bajo el agua fría de la ducha. Minutos mas tarde ya iba camino al supermercado, ubicado a escasas cuadras. Afuera la calle estaba desierta. El calor se había disipado en algo dada la ausencia directa de luminosidad. Todavía no rompía el aguacero cuando salió.
                 En el lugar, a parte de la reconfortante temperatura del aire acondicionado, por los amplios pasillos no circulaba casi nadie. Una insípida música ambiental ponía trasfondo. Estaba frente a las vitrinas refrigeradas, buscando el agua, cuando una mujer mayor, una anciana en realidad, ataviada con ropas que no coincidían ni con la época ni con el clima, se le acercó, aferrándole el brazo, apretándoselo vehemente con una mano de dedos pequeños. Lo que sucedió fue breve.
- Hijo – le habló – Tan ingrato, hace tanto tiempo que tienes olvidada a tu madre.
                Lo que hizo fue mirarla. Vio que en los ojos pequeños lo que había era el fulgor de la demencia.
- Señora, yo no soy hijo suyo. Me está confundiendo – atinó a decir, remecido en su sed, sintiendo un leve mareo.
- Está bien – dijo, soltándole el brazo – si todavía no quieres saber nada de mi, lo entiendo. Me quedan años para esperar que algún día me perdones.
                 Le llamó la atención que a pesar del extravío, había cierta sensatez en las palabras que usó. La mujer le clavó los ojos, que parecieron mirar al horizonte, y emitió una especie de suspiro. Se alejó con lentitud, empujando un carro con apenas dos o tres paquetes.
                Quiso salir de ahí. Fue hasta una de las cajas, en dirección opuesta a la que había seguido la anciana.
                Ya en la calle, vio que llovía a ráfagas sobre el pavimento. Se puso a caminar bebiendo el agua mineral, dejando que la tormenta lo mojara. Los relámpagos se multiplicaban en el cristal de los edificios, un trueno acababa de reventar. En su brazo permanecía la pulsión de esos dedos. En sus oídos la voz de Sánchez Meza quedaba, como vibración de cuerda de guitarra. Pensó en la noche anterior, en la semana que venía. Imaginó a la anciana caminando por la vereda. Entonces no pudo evitar que un escalofrío le subiera por la espalda. Pensó en su circunstancia, en sus amigos, y no pudo, tampoco, evitar sonreír. Sonrió hasta que la sonrisa se transformó en carcajada, hasta que una carcajada siguió a la otra, hasta que se atoró con el agua mineral que salió expulsada de su boca confundiéndose con la lluvia.
Quiso volver al supermercado por una botella de algo que celebrara el impulso, pero se dijo que no, que no era aconsejable esperar a la mujer del teléfono con más de un trago en la cabeza.

viernes, 10 de diciembre de 2010

VACACIONES DE INVIERNO

Era difícil. Imaginaba la sangre fluyendome con lentitud, como contaminada por sustancias que la hacían densa. Era al despertar el momento en que mi cuerpo experimentaba la mayor dificultad, un letargo cercano al mareo, que me exigía sacar una fuerza ausente. Había que llegar puntual a clases, había que darse una ducha para despejar cuerpo y alma, y había que salir con un buen desayuno en el estómago. Yo salía de la cama apenas diez minutos antes de partir a tomar la micro, con lagañas y costuras de almohada marcadas en la mejilla. Al regresar almorzaba y casi siempre me sumía en siestas que se prolongaban hasta las siete u ocho de la tarde, luego no dormía hasta avanzada la noche, leyendo cualquier cosa o simplemente con los ojos abiertos. En más de una ocasión pensé que era el cigarro, la nicotina lo que me quitaba energía; estaba en lo cierto, pero de ahí a dejar de fumar había mucho trecho, lo mismo que con respecto a mejorar las notas, y en cierto modo, a mejorarlo todo. Casi no tenía amigos, los que podían llamarse amigos eran muy pocos, tenían más edad, y dado el caso, podían prescindir de mi. Ese año, cuando mi familia se fue de vacaciones de invierno, resultó evidente que no me aprovecharía de su ausencia para hacer fiesta, lo que no dejó de provocarme desazón al despedirlos, más bien se deshicieron en indicaciones de tipo doméstico. Y claro, se iban a un lugar en el campo donde no llegaba señal telefónica, donde los asediaría la preocupación de que se me olvidara cortar el gas o cerrar la puerta con llave.
Era 1999, la primera vez que me quedaba solo.
La imagen que tengo de esos días puede resumirse en el momento que le abrí la puerta a Joaquín. Llovía fuerte, a chuzos diagonales por el viento. El sol podía adivinarse encima de las nubes. La luz que se filtraba caía sobre la vereda. Aunque habrá durado fracción de segundo el instante en que miré hacia la calle, se quedó nítido. Porque los últimos tres días yo casi no asomaba, me hallaba prácticamente prófugo cada vez que llamaban a la puerta, o porque el encuentro con Joaquín fue como debía ser. Fue casi a mitad de las vacaciones. Se me había hecho insoportable estar sin nadie alrededor, fumaba más de lo habitual, tomando café tras café, tratando de leer pero sin conseguirlo. La casa se había poblado de matices incongruentes, transformado en un lugar poco confortable no por lo excesivo del desorden, sino porque un aire rancio llenaba el ambiente, mezcla de humo, respiración y humedad. El signo mas visible era el polvo, que se había depositado en los adornos y las hojas de las plantas provocándome esa sensación de no querer impregnarme los dedos, de moverme en puntillas; la misma sensación en que pensé cuando alguien, o sea Joaquín, golpeó la puerta. Era cerca de la una de la tarde, estaba acostado y dudé, por miedo o pereza, si abrir y dejar que el que golpeaba viera la la casa, que oliera. Fui de un tirón a mirar por el ojo mágico ,y tal como supuse, era él, que tenía puesta la parka verde que años después terminaría en mis manos.
No bien abrí le ofrecí un café, frotándome las palmas, aludiendo al frío; gesto para justificar que lo único que me abrigaba a esa hora era el pijama y que, recién ahora, venía a dar señales. No le hizo gracia, me acuerdo que se limitó a enviarme una mirada de desprecio al tiempo que sacudía el paraguas, sin evitar que algunas gotas me salpicaran; en lugar de contestar si quería café o no, me lanzó lo que tenía que decir, que Julio había optado por despedirme de la confitería, y que me mandaba a decir que si me atrevía, fuera a buscar la plata por los días trabajados.
Julio era el mayor, y probablemente el más admirado entre todos. Nadie hubiera esperado que iba a terminar durmiendo bajo un puente, que moriría de frío el año 2010. Era más bien bajo de estatura, pero de conformación atlética. Pocos días atrás había terminado de partirse las manos clavando cada clavo e instalando cada repisa con esmero, para inaugurar la confitería con que soñaba hacía tiempo; quedaba en una esquina no muy lejos de mi casa y se llamaba “La delicia de Macul” Mientras estuvo de carpintero, yo aproveché para ir y conversar un rato entre las tablas, varias veces me quedé toda la tarde buscando, en el fondo, respirar un poco de la chispa. No tardé en incorporarme al trabajo haciendo esto o lo otro, y al final, cuando la confitería estuvo a punto, sin duda fue eso, mis ganas, lo que le dio pie para pensar que no sería mala idea trabajar juntos. Al principio casi rechazo la oferta porque sus palabras fueron como de tómalo o déjalo. Era el tono que usaba. Al cabo de nada nos vimos barajando la posibilidad de que no fuera al campo con mi familia (la inauguración coincidía con el inicio de las vacaciones) y así aprovechar esas dos semanas el día completo. “Cuando entres a clase trabajas medio día, siempre que no tengas que estudiar...podemos ahorrar, y quien sabe, montamos una sucursal cuando termines el colegio, lo que no quita que vayas a la universidad”
No me olvido del nudo que se me hizo en el pecho cuando oí lo del despido. Ahí me quedé en la puerta, ostentando una mirada somnolienta. Lo que ocurría era que a los pocos días de la puesta en marcha, un anciana, una pobre anciana, había puesto el grito en el cielo tratándome de ladrón delante de la clientela, porque en lugar de un cuarto de bombones, le envolví un octavo. La cara rechoncha, de los ojos glaucos. Tampoco me olvido del momento en que, tras mirar por el ojo mágico, le abrí la puerta a Joaquín con un movimiento rápido. Estuve ante la disyuntiva entre abrir o evitar lo que, dado el caso, no podría seguir evitando. Esos días me había mantenido quieto, sin encender las luces, con el teléfono desenchufado, casi sin respirar cada vez que Julio o Joaquín hacían la ronda en horas de la tarde, expectantes por lo que podría pasarme. Joaquín no habrá sentido menos que curiosidad al ver que por fin daba señales. Por consiguiente, tuvo la certeza de querer aplicarme una mordacidad: una vez que cerré la puerta, con gesto casual se mira los zapatos embarrados, mal sacudidos a propósito. Lo que me dijo fue: “a ver si haces algo, encerar el piso, fregar cubierta” Lo dijo mirándome fijo. Luego el encuentro no se prolongaría por mucho. Lo miro extrañado, mi primera reacción para contrarrestar su envestida consiste en hacer como si eso de fregar cubierta no fuera sino otra extravagancia suya. No tengo, siquiera, el impulso de pedirle que se sacuda mejor.
Bueno – le digo – quieres café, si o no.
He comprendido en el acto a qué se refiere. El último tiempo corren días intensos para él. En ocasiones la inquietud lo desborda; lo he oído metaforizar imaginando a las personas como en un barco, donde algunos son marineros y otros, los menos, capitanes; los alejados de toda perfección, son los friega cubierta. La connotación de lejanía alta marina lo seduce (Julio es capitán, la confitería el buque) En lo que duraba el acondicionamiento de la confitería, Joaquín no había perdido oportunidad de pronunciar su frase: “El que no hace las cosas bien, es un friega cubierta.” Es su primer año de universidad, y no hace muchas semanas ha iniciado una relación que amenaza dejarle cicatrices.
Si – dice – prepárate un café
Se saca la parka, la lanza sobre el sillón; va hasta la mesa del comedor, dejando tras de si las pisadas de barro.
Mitad agua fría, mitad agua caliente – ordena.
Desde la cocina lo oigo abrir la ventana con pericia, es el clic del seguro y el deslizarse del vidrio, un movimiento recto, preciso. Murmura algo acerca del encierro, con la intención de que lo oiga. No me animo a preguntarle cuántas cucharadas de café quiere, ni cuántas de azúcar. Pienso que tampoco me voy a animar a contarle a mi familia que fui despedido. Eso me provoca un sobre salto. Aunque había pensado en la posibilidad, hasta que no fuera un hecho consumado, existía un margen de suspenso. Ahora que ya no trabajo donde en teoría me superaría a mi mismo, argumento con que pude quedarme en Santiago, las consecuencias se vienen a toda velocidad: Gabriela, de nueve años, participara sabiendo que su hermano mayor no es tal para decirle nada en serio; padre y madre no podrán evitar una soterrada tristeza.
Traigo los cafés. Veo que Joaquín tiene un cigarro sin prender colgándole de la boca. -Quieres que tire la ceniza al piso – me dice al ver que me siento.
-Ya – digo, y me levanto para traer un cenicero. Me da las gracias, pero suena como si dijera, vaya, despertaste.
Luego el silencio es lo que se instala. No alcanzo a darme cuenta de en qué segundo levanta la cajetilla y me la lanza a las manos.
- Saca uno – dice. La cajetilla me golpea el antebrazo. Giro la cabeza y veo que exhala el humo, mirando hacia la ventana, entornando los ojos, como si mirara al horizonte. Me digo que debo iniciar la conversación, al menos. Pero se adelanta
– Y bueno, qué te habías hecho? - Lo miro y sé qué viene a continuación – Nos tenías preocupados...no respondías el teléfono, no abrías la puerta. Con lo atormentado que eres, pensamos que podías estar colgado de la ducha...o algo así.
- Me lo imagino – es lo único que digo. 
- Con decirte que anoche, después de cerrar, Julio hizo la ronda hasta las dos de la mañana, pero nada, oscuridad total...-
- Cuántas veces vinieron, pregunto.
- Unas cinco, creo.
- Debo haber estado durmiendo, el teléfono lo desenchufe...
    El silencio vuelve a la carga. Enciendo el cigarro y tomo un primer sorbo de la taza. Tengo el impulso de hablar de la lluvia, de lo duro que es el invierno, pero temo resultar abrupto. Me sucede que no encuentro palabras posibles. Bastaría con una bien puesta para que las otras vengan solas. Pero no. Tengo la sensación de que más bien se trata de actos concretos y visibles, y no de palabras. Si se trata de asuntos concretos, como el despido, me pregunto cuál es la razón por la que no puedo hablar con claridad sobre la forma en que me he sentido estos días. Concluyo que me veo, y me siento, como un montón de cables enredados. Si consiguiera dar al menos un fogonazo que insinúe lo que me pasa, bastaría para aliviar la sensación opresiva con la que he venido conviviendo.
Joaquín está hecho de otra materia, pienso. Cierta vez caminábamos de regreso de una fiesta de cumpleaños. Tarde no era, pero la calle estaba vacía. Subíamos desde Macul por la avenida Quilín en dirección a la cordillera. Desde ahí hasta el siguiente semáforo hay casi un kilómetro y medio, una recta que permite ver si hay otras personas en la vereda con bastante anticipación. Muchas veces había hecho ese recorrido en la noche, solo, sin que sucediera nada. Cuando doblamos la esquina, todo estaba normal. Hablábamos de un video clip de Megadeth que había visto hacía poco en MTV. Le decía a Joaquín que me parecía bien hecho, que tenía coherencia. Y que eso me había sorprendido. Él no ponía atención, venía borracho, con hambre y con sueño. Era en Mayo. Hacía frío pero no tanto. Al hablar salía vapor. En ese momento un escalofrío me subió por la espalda, lo que suele llamarse intuición. Intuición pura y dura.
- Joaquín - le digo – Mejor vamos por Los Plátanos, o esperemos un taxi.
- Por Los Plátanos de seguro llegamos en pelotas, y un taxi, no voy a tomar un taxi por tan poco.
No pude convencerlo, ni yo prestaba verdadera atención cuando me ocurrían los escalofríos. Enfilamos calle arriba, en completo silencio. No mucho más allá, de una de las calles, aparecieron tres tipos caminando separados entres si, hacia nosotros. Eran jóvenes, con ropa deportiva. Uno de ellos vino hacia mi. Los otros dos se fueron encima de Joaqíin. El corazón comenzó a salírseme por la boca, pensé en correr, o en ponerme a pelear hasta la última consecuencia. Pero el otro era mas corpulento y sin duda estaba habituado a lo que hacía. Me ordenó con insultos que le entregara todo, que si no me mataba ahí mismo. Ya tenía el reloj casi desabrochado. No me había dado cuenta, pero Joaquín tenía a uno del cuello, no le daba tegua, estaba golpeándolo con tal brutalidad que lo estaba matando. Pues no se movía. El otro que había ido por Joaquín intentaba detenerlo con golpes en la espalda, con patadas y puñetazos en la cabeza. Joaquín era como si no los recibiera. Hasta que lo soltó, lo dejó caer. En el suelo, comenzó a contraerse, a convulsionarse. Pero a Joaquín todavía le quedaba carga.
-Ahora voy a seguir con vos, flaite culiao, le dijo al que en una distracción miraba al caído. Le dio una patada en la cara, que crujió como la cáscara de un huevo. El que había venido por mi sacó un tubo de metal de unos treinta centímetros, con el que pensé intentaría golpearme, pero Joaquín me grito que corriera, rápido. Le hice caso. No mucho más allá oí la detonación. Era una escopeta hechiza. La lluvia de perdigones no me alcanzó. Al darme la vuelta, vi como dos de ellos arrastraban al que Joaquín casi había matado, en dirección contraria a la que habían aparecido. Esperé a que me alcanzara y ya cerca, vi que tenía un ojo oculto entre la carne hinchada, el labio igual de dañado. La ropa desordenada, jadeaba y cojeaba.
- Levántate la camisa – me ordeno
-Pero si no tengo nada, vámonos antes de que vuelvan y nos disparen.
-Levántate la camisa! - Gritó.- no sirve de mucho irnos si mas allá vai a caer muerto
        Me la levante y tras constatar que no había punzadas ni rastro de sangre, nos pusimos a caminar lo más rápido posible, en silencio. Frente a la puerta de mi casa le dije, Joaquín, si nos hubiéramos ido por Los Plátanos...pero me miró enardecido y me dijo que mis premoniciones (esa palabra uso) valían hongo, que al fin y al cabo estábamos vivos y que nuestras vidas no sufrirían gran trastorno. La verdadera premonición, me dijo, es cuando te alcanzas a dar cuenta de algo crucial aunque no sepas que lo es, y puedes ayudarte a tiempo. Eso son palabras mayores, y no simples sustitos. Si empiezas a hacer caso de cada cosquilleo, mejor te encierras y esperas la muerte en tu casa. Le dije que OK, le agradecí por salvarme del escopetazo, y me despedí, diciéndole que se fuera con cuidado. Me miró con cara de haber hablado en chino.
       La materia de la que creía estar hecho yo, era una materia contemplativa, lenta, reposada, pero agitada a cierto nivel subterráneo. Pensaba que era ese magma lo que me producía las contradicciones entre lo que podía decir sobre la forma en que me sentía, y lo que en verdad pasaba: mi silencio frente a Joaquín, en mi propia casa.
- A tu café le falta azúcar, para variar
-Espérame, te traigo el azucarero – le digo
-Deja, ya me voy. Vine porque quería comprobar si estabas vivo.
         Se puso de pie, se tomó de un sorbo lo que quedaba en la taza y camino hasta la puerta. Miró al rededor, me miró a mí.
- No se cómo aguantas esto...ni como soportas la mirada de las personas, no creerás que te ves así solo porque estás aquí en tu casa. O que pueden verlo apenas quienes te conocen mejor...ya sabes, es algo que chorrea, que se filtra y que no hay modo de ocultarlo...
- Ya lo se – digo – el modo es cambiarlo, no ocultarlo...
         Me quedo mirando por la ventana abierta. Un olor de tierra mojada puedo percibir. Tengo la sensación de que la visita de Joaquín casi fue parte de un sueño. En realidad miro al rededor y lo estático de todo me hace pensar que nada ha sucedido en el plano de los objetos. Pienso en la geología de la tierra, en las piedras. En el Paso del Retorno, el poema de Huidobro que tuve que leer en voz alta para la clase de castellano. Me pregunto si las plantas y los adornos se hacen señas furtivas, si sienten una ternura que les ensancha el alma. Sin embargo yo no vengo de vuelta. Es el tema ineludible. Las posibilidades, la vida en la palma de la mano, el no se sabe. La universidad, el futuro.
   No muchos años después. En una ciudad de 30 millones de habitantes, donde las cosas suenan en otra lengua, volveré a verme ante un cierto huir forzoso. Pero esta vez será un tren de consecuencias concretas. Instaladas en la puerta del edificio donde vivo. Lejos de alguien que venga y me salve a patadas. Hará un calor infernal. Y no será un sueño.

domingo, 10 de octubre de 2010

HOSPITAL

Su nombre era Julio Cáceres. Estaba por completar el mes de hospitalización a causa de un cáncer ramificado hasta la médula, y era amigo mío. La madrugada que me comunicaron su deceso, segundos antes de que sonara el teléfono, me había despertado de una pesadilla de esas que tienen la facultad de mostrarnos cuan aterradoras pueden llegar a ser ciertas cosas. Al levantar el auricular y oír la voz rarificada de ella, su esposa, me dije que no podía ser casual el hecho de despertar con aquella exactitud. El chillido del aparato me resultó gratificante en medio de la oscuridad, en medio de la sensación que me angustiaba. Al otro lado de la línea, antes de oír cualquier ilación de palabras, el balbuceo de Tamara, envuelto por el eco de un altavoz, me hizo advertir lo que sucedía, que la llamada provenía de la clínica donde se hospitalizaba Julio.
- Estoy sola como una perra, Julio murió, la doctora me dio un calmante, y no puedo llorar.
Hacía ya varios días que esperaba la noticia, y sabía que mi reacción debía ser lo mas serena posible, apelando quizá al estado de ánimo que me tocara al momento de tomar conocimiento. Así que opté por una cierta honestidad y le dije a Tamara, o mejor dicho le sugerí, lo curioso del hecho, considerando que acababa de despertar de una pesadilla. No se me ocurrió nada distinto.
Tras hablar los minutos permitidos por el teléfono de la clínica, acordamos reunirnos.
Pensé en tomar una ducha, pero a esas horas me resultó inconcebible. Tuve la idea de hacer algo en honor a mi amigo, sin embargo no hubo algo que estuviera a la altura. ¿poner un cassette?, ¿leer uno de sus poemas favoritos? Sería mejor dejarlo para otro momento.
Afuera el aire de la noche anunciaba un día caluroso. Los pájaros comenzaban el gorjeo que Julio detestaba. De pronto recordé una madrugada similar de hacía diez años, en la cual estando Julio, yo y Tamara regresando de una fiesta, nos enteramos por casualidad de la muerte de Don Julio, su padre. Tamara había sentido de pronto unas incontenibles ganas de orinar, y dado que la casa paterna de Julio no nos desviaba tanto de nuestro destino, torcí el volante. Al llegar nos abre su madre, con el desconsuelo colgándole por los ojos.
- Tu papá murió, se fue – son las palabras que recuerdo.
Quién diría que diez años después, en una casi idéntica madrugada de Octubre, el hijo encontraría también la muerte.
Lo cierto es que conduje por las calles desiertas hasta la clínica, con la radio a todo volumen y las ventanas abiertas, fumando. Julio hubiera hecho algo parecido si se tratara de mi muerte.
Lo que sin duda él jamás hubiese esperado, es a Tamara sentada junto a las pesadas puertas de la morgue, mirando al techo, y cargando (enchufado a la pared) el teléfono celular que hasta hacía poco usaba para comunicarse con el resto del mundo. Ni yo me lo esperaba. El asombro, la extrañeza que se apoderó de mi fue aún mayor que la propia muerte de mi amigo. Tamara, según la vi, estaba completamente extraviada, como una loca en el pasillo de un manicomio.
- ¿por qué lo estás cargando? – le pregunté, antes de cualquier saludo, intuyendo que algo no encajaba.
- porque voy a ponerlo en su ataúd. – dijo, todavía con la vista en algún punto del cielo raso.
Puede parecer extraño de mi parte, pero lo que se me vino a la cabeza al oír lo que decía, fue nuestra relación. Temí que también muriera. Creo que en ese momento comencé de veras a asimilar la muerte de Julio.
Me senté a su lado y le pregunté si ya había dado aviso a la familia, pero no respondió. A cambio se arrimó a mi hombro y suspiró hondamente. Pude sentir un aliento a medicina, quizá debido al calmante suministrado por la doctora. Sentí una delicada ternura, cosa extraña pues la relación nuestra se había basado siempre en algo distinto, es decir, puede resultar más o menos previsible el advenimiento de algo así, pero lo que sentí me tomó por sorpresa, fue algo de una naturaleza que no formaba parte de mi repertorio emocional, no al menos en lo referente a Tamara. Lo que quedaba por hacer era esperar a que llegaran los de la funeraria con los preparativos de rigor. Y, por supuesto, dar aviso a la madre y los hermanos de Julio. Mientras, el silencio se me hacía incómodo. Tamara respiraba junto a mí, y la luz artificial del subterráneo venía a redondear la atmósfera. Iban y venían los funcionarios del establecimiento. Otro cadáver fue ingresado, seguido de una comitiva de hijos y esposa que no terminaban de convencerse de que aquello era su padre. Fue ese el momento en que Tamara pudo llorar, cuando la camilla era separada de los deudos. A través de una pequeña ventana frente a nosotros, de esas que solo permiten mirar a nivel del pavimento, vi que comenzaba a hacerse de día. Pensé en la difícil jornada que nos esperaba, y también me dije que este era el primer día en que Julio ya no estaría más. Ella pareció leerme el pensamiento:
- Ayer, a esta hora, todavía estaba vivo. Con la enfermera le cambiábamos las sondas.- dijo, terminando de sollozar.
Otra vez sentí esa especie de ternura, se me cruzó la idea de efectivamente intentar una relación sostenida con ella. Julio era cadáver a escasos metros de nosotros, jamás se había enterado de los furtivos encuentros y hoy, sin que siquiera haya pasado una hora de su deceso, Tamara y yo estábamos abrazados, contraviniendo lo que cualquiera que nos conocía sería capaz de imaginar. Porque siempre habíamos sido astutos a la hora de relacionarnos frente a los demás. Nadie podía imaginar que yo sería la primera persona a la que llamaría, ni que podría yo estarla sosteniendo junto a las puertas de la morgue.
- Voy a estar contigo – atiné a decir – No me importa lo que piensen, créeme.
Tamara se salió levemente de donde la tenía para mirarme a la cara. Tras lo que interpreté como un gesto de extrañeza, me dio las gracias. Solo eso. Continuó el silencio. Continuó ella recostada sobre mi hombro. Afuera se advertía un cielo esperanzadoramente azul, completamente distinto de lo que parecía ocurrir en aquel subterráneo. La amenaza consistía, por sobre la posibilidad de que alguien nos viera, en que todo se quedara detenido en ese momento. Algo difícil de explicar, pero de pronto me dije que de cualquier forma en que se desarrollara nuestra relación de ahora en adelante, quedaría el sello, la atmósfera de morgue rondándonos. Quedaría Julio con su muerte a cuestas. Era algo que comenzaba a importarme.
- Hay que avisar a su madre – dije, cortando el silencio.
- No, porque ya lo hice.
- Y por qué no me lo dijiste
- Te lo dije...por teléfono.
Yo estaba seguro de que no lo había hecho, sin embargo no insistí. Me quedé esperando. No sé bien qué, pero ahí permanecí, casi queriendo que se presentara la familia de Julio y vieran la escena, a Tamara y a mí juntos. Nunca había sentido arrebatos de esa clase. Jamás me hice siquiera el planteamiento de que lo nuestro podía ir más allá de unas cuantas horas gozosas al mes, y ahora comenzaba a desatarse en mí una especie de proyección, una especie de instinto protector con una mujer que, objetivamente, era capaz de hacer retroceder al más osado de los amantes. La nueva disposición que nos esperaba parecía anunciarse por si sola, de un modo casi independiente a ella y a mi. No sabría decir como operaba esto en lo que respecta Tamara, pero sucedía.
- Ya – dijo, recobrando algo de normalidad en las palabras – mi suegra está por llegar.
Acto seguido se zafó de mi abrazo y extrajo uno de esos espejos que traen incorporado polvos para la cara. Esta vez, con el espejo frente a ella, concentrada en su imagen, la vi en su totalidad. La vi desde la perspectiva en que siempre quise verla, y desde la cual nunca supe que quería. Algo así como observarla sin que ella lo supiera, en el íntimo pero cotidiano quehacer. Lo claro, al menos en cuanto a la sensación, fue que ella me ignoró, ignoró todo a su alrededor mientras duró el instante en que deslizaba el lápiz labial, sobrepasando nerviosamente la comisura de los labios. El temblor de sus dedos no era un temblor producto de la situación, sino algo que venía desde lejos, de lo lejos que se fue ella en ese instante. Probablemente esta observación, por sí sola, no tenga gran relevancia. De hecho para mi mismo no la tuvo en su completa dimensión, no hasta que con el paso de los días, detalles como este, o el del teléfono celular de Julio en el ataúd, resultaron ser algunos de los primeros indicios de que un trastorno se desarrollaba dentro de su cabeza. Al verla con aquel espejo, ahora que lo pienso, era la imagen de una niña la que estaba junto a mí, una niña que juega con lo que pudo encontrar en la cartera de la madre.
Por el pasillo, desde una especie de oficina pequeña, llegaba hasta nosotros el sonido de una radio. Eran las noticias matinales que daban cuenta del acontecer actual. La voz que relataba era una voz que no supe reconocer, pero que tenía la jovialidad exacta para esa hora del día. No pude evitar sentir una especie de escalofrío al hacer patente que todo proseguía su curso natural, y que desde luego nadie, en ningún medio, referiría la muerte de Julio.
Guardó con rapidez el espejo. Lo puso en su cartera con una destreza que me sorprendió. Fue un movimiento fugaz, como si se tratara de algún artículo que robaba desde el estante de una tienda. Nos quedamos, o mejor dicho continuamos con el silencio. Un silencio que adquiría la consistencia de lo insípido, que cada vez significaba menos dada la circunstancia. No fue mucho mas tarde que me pidió que me fuera.
- Te voy a pedir que por favor te vayas. No quisiera que nos vean juntos hoy.
Al oírla me quedé mudo. La que había hablado no era ella, ni era ese el modo habitual que usaba para decir nada. Parecía que no era yo al que le hablaba, hasta la voz le sonó distinta. Que se comportara así no se debía al calmante que la doctora le había dado, estaba claro. Me dije que a veces sucede, que temporalmente, en algunas personas, sobrevienen estados particulares de la percepción cuyo propósito es proteger la integridad emocional. Lo pensé, pero no llegué a convencerme del todo. No me quedó más que ponerme de pie y aceptar que tendría que dejarla ahí, peligrosamente sola, junto al teléfono conectado al enchufe. Ya desde ahí tomaba forma la idea de que ella no era totalmente conciente de la realidad. De algún modo tuve la sensación de que debía quedarme cerca, por cualquier cosa. Pero no, decidí que no me quedaría en un rincón, observando a escondidas el espectáculo.
Antes de dar la media vuelta y caminar por el pasillo, le pedí que me avisara la hora del sepelio, a lo que asintió con una leve inclinación de la frente. No hubo un gesto, no hubo algo que evidenciara lo que sucedía. Si hubiésemos estado en un Mc Donalds, por ponerlo así, la despedida habría parecido lo suficientemente trivial.
Una vez que estuve en el hall de entrada de la clínica, no quise ir hasta el estacionamiento y meterme al auto, sino que me pareció mejor caminar. A esa hora el tráfico con toda seguridad sería un caos. Ya en el exterior, parado entre el gentío que se desplazaba, registrando en los oídos todos los insanos decídeles de una avenida saturada, me dije que al fin y al cabo este tipo de cosas suceden con mayor frecuencia de la que a veces se está dispuesto a reconocer. Julio estaba irremediablemente muerto, y Tamara se estaba yendo con él. Me dije que ahora si que me había quedado solo.