Despertó sobresaltado, con los ojos enrojecidos. Estaba boca arriba en uno de los sofás del living. Lo que había a su alrededor eran ceniceros repletos, botellas vacías, platos con restos de comida. Intentó ver el momento en que había caído ahí y no en su cama, pero lo que vino a su cabeza fueron episodios incompletos, atravesados por la euforia. No pudo, tampoco, recordar el momento en que se habían ido todos. Eran las tres de la tarde, según el reloj de la pared. Ahora el entorno parecía consumido, estático. Quiso ponerse de pie. Al hacerlo, se le fue el alma al suelo. Lo que consiguió con claridad fue acusar el golpe de un flujo de acidez, que le llegó al esófago como un agua de mar. La necesidad de líquido, de agua dulce, se antepuso. En el trayecto hasta la cocina pateó sin querer un vaso; no le importo que el ron quedara absorbiéndose en la alfombra. Ya frente al refrigerador, succionó a prisa el chorro de una botella de agua mineral. Con la boca limpia de grumos, con la vista empañada por las burbujas de gas, eructó casi satisfecho. La sensación de inestabilidad, de vidrio molido corriéndole por las venas, estaba lejos de desaparecer, y el corazón le latía a mayor velocidad que lo normal. Sin embargo, le esperaba una tarde similar a cualquiera anterior. Por la quietud que lo rodeaba, le parecía evidente que se encontraba solo. Salía de la cocina cuando oyó la voz.
- Estuvo buena la fiesta...
Por reflejo dio un paso atrás. Un impulso de adrenalina le brotó hacia arriba por la boca del estómago, y con la mirada buscó algún objeto contundente que pudiera servirle de defensa. Era la voz de alguien mayor, lo suficiente para descartar de plano la posibilidad de que se tratara de alguno de sus ex compañeros de universidad, o de alguien, en último caso, que hubiera estado en la bacanal en que terminó todo. El que hablaba estaba sentado en uno de los sillones junto a la ventana, por lo que los rasgos de la cara, del cuerpo, resultaban imprecisos vistos a contraluz.
- No te asustes – volvió a hablar – vengo a ofrecerte algo…más bien es algo que quiero que hagas por mi.
La voz se dirigió a él con un indefinible matiz, de alguien habituado a circunstancias de esa índole.
Se quedó ahí, en la puerta de la cocina, intentando encajar la extrañeza de de verse frente a alguien desconocido en su propio departamento.
- ¿Quién es usted, cómo entró? – fue lo que atinó a decir.
El de la voz, ahora podía verlo con un poco más de claridad, era un tipo de unos sesenta años, delgado, vestido con unos jeans y una camisa de color oscuro. Su cara tenía la expresión vivaz de unos ojos pequeños, probablemente pardos o azules. La postura en la que estaba era la de alguien que domina la situación, con una pierna recogida, pisando el cojín del sillón, y con la otra pierna estirada, lo que lo hacía verse casi recostado. Entre sus manos sostenía algo, una especie de tela con la que podría decirse que se entretenía mientras esperaba el instante de hacerse notar. Era claro que llevaba en el departamento una cantidad de tiempo suficiente para haber hurgado en cada posible lugar, si lo quiso.
- Mi nombre es Ernesto Sánchez Meza, ¿te dice algo?... Entré por la puerta, que estaba abierta.
Lo miró con detención, para cerciorarse de que era quien decía ser. Lo reconoció, era la misma cara de rasgos incisivos que había visto publicada en revistas del tema inmobiliario o de ingeniería. La tensión disminuyó, tuvo tiempo, segundos quizá, para darse cuenta de que no había en él impulso alguno de poner las cosas en su lugar, de enfrentarlo por haberse atrevido a entrar a su propiedad. Expectante, guardó silencio, lo cual que fue interpretado desde el sillón como la oportunidad para ir directo al grano.
Al final, tras no más de quince minutos, el encuentro terminó con un apretón de manos y con la imagen de Ernesto Sánchez Meza de pie en la puerta de salida, a punto de abandonar el departamento, arrojándole a la cara, a modo de repentina broma, la tela que hacía poco sostenía, la que resultó ser un calzón diminuto, con círculos rosados, que de seguro había encontrado encima de algún sillón.
- Toma esto, creo que es tuyo – le dijo burlón antes de desaparecer por el corredor hasta los ascensores.
Se quedó sosteniéndolo en sus manos. Era incapaz de determinar a quién podía pertenecer.
La estela que dejó quedó entre las paredes, como la sensación de que había tenido en frente a alguien completamente distinto al común de personas que trataba a diario. Si el hecho de no hallarse solo era impensable, más lo era que quien acababa de irse era el empresario de la construcción. Sabía quien era. Debido a su profesión, el nombre le era habitual ya desde los años de la universidad, en los que más de una vez había asistido a algún seminario dictado por gente ligada a él. En sucesivas oportunidades currículums suyos habían sido enviados a empresas que el hombre manejaba, sin obtener respuesta.
Una vez que cerró la puerta, y que supo que ahora de verdad estaba solo, la consecuencia de la noche recobró intensidad, provocándole una especie de dificultad para mover las articulaciones, para mantenerse de pie. Se dejó caer otra vez en el sofá que había dormido. Y se quedó un instante mirando el techo. Por la ventana el día era de calor, había piscinas y playas atestadas, gente de vacaciones, gente después del almuerzo charlando bajo algún parrón con los pies descalzos, en tanto que él... Si el empresario lo era en tal magnitud, pensó, sin duda se debía a que las cosas las hacía de ese modo. Se dijo que alguien de ese calibre (es la palabra que usó) podía tener el arrojo suficiente para ir donde un perfecto desconocido y pedirle, sin más, revisar en terreno ciertos planos, ciertos estados de material referidos a construcciones que por lo antiguas debieran necesitar una demolición, o en el mejor de los casos, una reparación estructural. Por hacer lo que se le proponía recibiría una cantidad de dinero considerable. A simple vista parecía tratarse de algo no tan complejo, aunque lo importante no era lo que debía hacer, sino cómo debía hacerlo. Las mediciones y correcciones efectuadas en el lugar (no le fue revelado cuál) debían llevarse a cabo con estricta reserva. El empresario le había dado tiempo, hasta primera hora de Lunes, para responder.
Tendido, intentando hallar el motivo por el cual Sánchez Meza podría necesitar algo así, pensó que debió preguntarle, al menos, el conducto por el que información suya, su dirección, estaba en sus manos. Se dijo que si no lo hizo fue por hallarse en estado deplorable, que seguro había llegado a su puerta ayudado de uno de los currículums, o porque su nombre figuraba en el colegio de ingenieros, lugar en el cual alguien como él tendría la facultad de acceder a la información que quisiera.
Casi dormía. El sueño lo envolvía con placidez, con lenta contundencia,cuando el chillido electrónico del teléfono le llegó como un espiral. Ante la urgencia del aparto, lo invadió una vaga sensación de irrealidad, tuvo que deslizarse apresurado, temiendo que quien efectuaba la llamada desistiera del intento, temiendo que por alguna razón se tratara de Sánchez Meza otra vez.
- Aló – dijo, y lamentó que su voz sonara atropellada, impregnada de somnolencia, un poco enronquecida.
- Me imagino que recién vienes despertando, bailador.
Al otro lado se oyó la voz de una mujer. Por la palabra ¨bailador¨ supo que se trataba de alguien que había estado la noche anterior. Recordó que si, que lo habían llamado así en reiterados momentos.
-Vengo despertando - respondió.
- Qué te parece almorzar juntos, te paso a buscar.
Intentó darle un rostro a la voz que oía, pero de todos los que pudo recordar no hubo ninguno posible. Lo precario de la oportunidad no le dio tiempo para determinar quién le hacía tal invitación. No recordó haber intimado lo suficiente con nadie que no conociera de antes. Le resultó evidente que no era la voz de alguna ex compañera de universidad.
- Lo que pasa es que tengo un desorden gigante, y no me gustaría salir y llegar después a la misma basura.
- Eso no es problema. Si quieres voy, te ayudo con lo que haya que hacer y vemos si salimos, el día está radiante…además, tienes algo que es mío...
- ¿Algo tuyo?
- Olvídalo, termina de despertar…necesito que me respondas.
La voz le hizo pensar en una mujer atractiva. No tanto por la tersura, ni por el timbre, anhelante, sino porque era claro que se trataba de alguien capaz de ir en busca de lo que le daba la gana. Los calzones que Sánchez Meza le había arrojado, por lo visto, pertenecían a ella. No recordó que durante la noche las cosas llegaran al desnudo colectivo, ni que él se acostara con nadie. Si eso que reclamaba como suyo eran los calzones, lo eran a propósito, deliberadamente, como morder una fruta solo porque se ve deliciosa.
Tras los minutos exactos, acordó que la vería, que la esperaba en el departamento dentro de dos horas. No quiso preguntarle el nombre, ni averiguar nada que evidenciara la laguna. Tenía tiempo suficiente para ir al supermercado por agua mineral, por antiácidos. Al devolver el aparato a su sitio miró alrededor, se dijo que ordenar todo le tomaría como mínimo una hora. Miró por la ventana, afuera el día se había transformado en la atmósfera de una fugaz tormenta de verano. Desde la altura del piso diez pudo ver que las copas de los árboles se mecían con un viento que era un viento tibio, cargado de la electricidad que daría paso a los rayos, a los truenos. El repentino oscurecimiento le hizo pensar en que el cielo estaba a punto de estallar.
En el baño se miró al espejo, se quitó la polera que tenía puesta desde la noche, y metió la cabeza bajo el agua fría de la ducha. Minutos mas tarde ya iba camino al supermercado, ubicado a escasas cuadras. Afuera la calle estaba desierta. El calor se había disipado en algo dada la ausencia directa de luminosidad. Todavía no rompía el aguacero cuando salió.
En el lugar, a parte de la reconfortante temperatura del aire acondicionado, por los amplios pasillos no circulaba casi nadie. Una insípida música ambiental ponía trasfondo. Estaba frente a las vitrinas refrigeradas, buscando el agua, cuando una mujer mayor, una anciana en realidad, ataviada con ropas que no coincidían ni con la época ni con el clima, se le acercó, aferrándole el brazo, apretándoselo vehemente con una mano de dedos pequeños. Lo que sucedió fue breve.
- Hijo – le habló – Tan ingrato, hace tanto tiempo que tienes olvidada a tu madre.
Lo que hizo fue mirarla. Vio que en los ojos pequeños lo que había era el fulgor de la demencia.
- Señora, yo no soy hijo suyo. Me está confundiendo – atinó a decir, remecido en su sed, sintiendo un leve mareo.
- Está bien – dijo, soltándole el brazo – si todavía no quieres saber nada de mi, lo entiendo. Me quedan años para esperar que algún día me perdones.
Le llamó la atención que a pesar del extravío, había cierta sensatez en las palabras que usó. La mujer le clavó los ojos, que parecieron mirar al horizonte, y emitió una especie de suspiro. Se alejó con lentitud, empujando un carro con apenas dos o tres paquetes.
Quiso salir de ahí. Fue hasta una de las cajas, en dirección opuesta a la que había seguido la anciana.
Ya en la calle, vio que llovía a ráfagas sobre el pavimento. Se puso a caminar bebiendo el agua mineral, dejando que la tormenta lo mojara. Los relámpagos se multiplicaban en el cristal de los edificios, un trueno acababa de reventar. En su brazo permanecía la pulsión de esos dedos. En sus oídos la voz de Sánchez Meza quedaba, como vibración de cuerda de guitarra. Pensó en la noche anterior, en la semana que venía. Imaginó a la anciana caminando por la vereda. Entonces no pudo evitar que un escalofrío le subiera por la espalda. Pensó en su circunstancia, en sus amigos, y no pudo, tampoco, evitar sonreír. Sonrió hasta que la sonrisa se transformó en carcajada, hasta que una carcajada siguió a la otra, hasta que se atoró con el agua mineral que salió expulsada de su boca confundiéndose con la lluvia.
Quiso volver al supermercado por una botella de algo que celebrara el impulso, pero se dijo que no, que no era aconsejable esperar a la mujer del teléfono con más de un trago en la cabeza.
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